jueves, 6 de marzo de 2014

Consecuencias de pegar a los niños para educarlos

El cachete o la bofetada no enseña a los niños


La bofetada, el azote… son algunos de los métodos utilizados para reprender a los niños. Algunos padres consideran que pegar a los hijos de vez en cuando es imprescindible para corregirlos. A otros, aunque están en contra de esa práctica, se les escapa la mano de forma involuntaria cuando la situación los sobrepasa.
Las últimas tendencias educativas, basadas en latolerancia y la libertad, recomiendan el diálogo como forma de modelar la personalidad del niño, pero algunos padres no renuncian al azote o la bofetada para imponer la disciplina. 
Consecuencias del castigo físico a los niños

El cachete o el azote a los niños

Sara no tiene más de tres años y, sin embargo, está intentando manejar a su madre en un concurrido centro comercial, con una de sus habituales rabietas. No deja de chillar, pero le da tiempo a mirar a su alrededor y controlar a su público. Su madre en un principio le repite con calma: “Vale, Sara”. La niña no para de patalear tirada en el suelo y la madre, visiblemente nerviosa, va elevando su tono de voz. No sabe qué hacer ante su terquedad. Sus labios se estrechan, sus hombros se tensan y, por último, termina por darle un azote y llevársela a la fuerza cogiéndola fuertemente de un brazo.
El azote o el cachete son todavía elementos presentes en muchas escenas cotidianas. Los padres generalmente se arman de paciencia, pero son muchas las situaciones que les hacen perder los nervios: “¡Come de una vez! ¡Deja en paz a tu hermano! ¡Te has vuelto hacer pis! ¡Te lo avisé y aun así lo has roto!, ¡No repliques! ¡Te lo he dicho mil veces!...”.

Por qué un niño se porta mal

Hay que tratar de averiguar las razones que puede haber detrás de un comportamiento difícil. Puede ser simplemente que se haya alterado su rutina y que el niño tenga hambre, esté cansado, aburrido, o incluso sobreexcitado; o puede ser que esté atravesando por una situación que le puede provocaransiedad (nacimiento de un hermano, separación de los padres, cambio de colegio, etc.).
Estas son cosas que se pueden prevenir fácilmente. Pero en muchos casos las razones son más profundas. La llamada educación liberal, caracterizada por la tolerancia –como huida desesperada del sistema autoritario anterior– ha confundido permisividad con ausencia de normas y ha conseguido desconcertar a los padres. La supresión total de límites ante el temor de producirles traumas también tiene fallos. Inculcar la disciplina como un ejercicio de autocontrol no siempre funciona. 

Consecuencias del castigo físico a los niños

Juan comentaba: “si los azotes dejasen secuelas, nuestra generación sería una panda de tarados”. Es verdad que un pescozón aislado no traumatiza, pero hay que procurar que no ocurra. Por supuesto, si en alguna ocasión se da un azote –se preguntarán que quién no lo ha hecho alguna vez–, no hay que considerarse un maltratador, pero hay que tender a erradicar esta práctica.
El castigo físico ni es terapéutico para el que lo produce, ni pedagógico para el que lo recibe. Se trata de un descontrol emocional personal del adulto, un desahogo momentáneo que normalmente genera a continuación malestar y sentimiento de culpa. Nadie concibe que en su trabajo, aunque sea por su bien, reciba un tortazo de su jefe al cometer algún fallo.
El bofetón es desaconsejable porque, aparte de humillar al niño y dañar suautoestima, le proporciona un modelo a imitar y del que aprender. No le enseña por qué suceden las cosas ni cómo hacerlas correctamente. Este tipo de conducta genera además violencia, rebeldía, temor y falta de confianza en los padres. El niño acaba obedeciendo por miedo al castigo, pero sin comprender el motivo de la sanción en la mayoría de los casos. Y por supuesto, termina por impedir la comunicación entre padres e hijos.

Coherencia en la educación del niño

Está claro que es imprescindible firmeza para que el niño aprenda a respetarse a sí mismo y a los demás. Pero aprender a “someterse” sin coherencia le puede confundir. No entiende por qué a los niños se les puede pegar y a los adultos, no; por qué él no puede chillar y los mayores sí; por qué no puede mentir y a veces, cuando a sus padres les conviene, le piden que lo haga; por qué lo que hoy le permiten hacer, mañana se lo prohíben…
Se puede llevar a cabo una disciplina positiva siendo justos y haciendo lo correcto. Es importante marcar los límites a los hijos, pero también hay que ayudarlos a crecer. Hacerles saber lo que se espera de ellos, adoptar actitudes positivas recalcando las formas correctas de actuar y no censurar continuamente los errores. 

Alternativas a los cachetes de los padres a los niños

1.- Palabras que expresen con claridad nuestros sentimientos pero sin atacar al niño. Conviene usar frases cortas aunque firmes: “Estoy muy enojado/a…”. Según las circunstancias, añada una pequeña frase acerca de sus expectativas: “Espero que cuelgues el abrigo nuevo y no lo dejes tirado por el suelo”. No conviene decir nada sobre el carácter del niño o de su personalidad (“eres un desastre”). Podemos decir cómo nos sentimos, pero sin necesidad de insistir en lo “malo” que es el niño.
2.- Irse. La mejor palabra de cuatro letras para cortar una pelea subida de tono. El alejarse de la escena ofrece la posibilidad de serenar el ánimo y pensar en lo que debemos decir cuando estemos otra vez con el niño.
3.- Hacer las paces cuando la tormenta ha pasado. Los padres pueden volver a mostrarse cariñosos y hacer saber a sus hijos que su enfado, por muy fuerte que parezca, es pasajero. 
Virginia González. Psicóloga y maestra de Educación Infantil
Virginia González


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